Guadalajara

Le dicen la Ciudad de las Rosas, y es conocida en todo el mundo por ser la cuna del jarabe tapatío, de la charrería y del mariachi, y porque en sus alrededores crece el agave azul que da vida al tequila.

Folletines y plegables editados por agencias de viaje e instituciones gubernamentales aseguran que “nació grande para ser grande”; los historiadores, en tanto, advierten que fue y sigue siendo seno de arraigadas tradiciones y protagonista destacada de la historia mexicana.

Y Guadalajara es mucho más: la segunda metrópoli más grande de la República mexicana, la urbe donde se entremezclan edificios imponentes de la etapa colonial con estructuras de acero y vidrio que mucho dicen de su desarrollo, la sede de uno de los centros artesanales más importantes de México y de América.

Extendida a más de 1 500 metros sobre el nivel del mar, en el occidente del territorio mexicano, la capital del estado de Jalisco es hoy una mancha urbana de 22 000 hectáreas con poco más de tres millones de habitantes. Carreteras, vías férreas, aerolíneas, un oleoducto y un gaseoducto; cuatro periódicos, radiodifusoras y canales de televisión propios, un número considerable de casas de enseñanza superior y especializada, museos, bibliotecas, una plaza de toros, monumentos erigidos tras la conquista, que continúan ahí, susurrando leyendas de antaño: eso es Guadalajara, la Perla de Occidente, como gustan en llamarla los mexicanos.

En su corazón, el centro histórico: balcones de hierro forjado que resisten casi incólumes el tiempo, caballos que arrastran remozados carruajes, fuentes, palomas, transeúntes, el tañir sincronizado de las campanas…

El colonial Teatro Degollado, con su frontón triangular y su “Apolo y las nueve musas” adornándolo, la Plaza de Armas, el Palacio de Gobierno y la Catedral, una mole de piedra y vitrales levantada en el siglo XVI, cuyas torres en forma de alcartaces invertidos son el emblema más representativo de la ciudad.

Más allá, la Plaza Tapatía -nueve manzanas de fuentes y jardines donde cada domingo se dan cita vendedores y titiriteros ambulantes- y el Instituto Cultural Cabañas, casa de la misericordia, hospicio y cuartel durante el siglo pasado y ahora centro de eventos culturales y escuela de música, danza y artes plásticas que, amén de ser considerada entre las manifestaciones más importantes de la arquitectura neoclásica de México, se precia de ser reservorio de las principales obras del muralista José Clemente Orozco y, más recientemente, tribuna donde se reunieron por primera vez en 500 años los jefes de Estado y de Gobierno de las naciones que integran la cuenca iberoamericana.

A unas pocas cuadras, cruzando la populosa Avenida Hidalgo, emerge la Rotonda de los Hombres Ilustres, el Museo Regional de Guadalajara, y la Plaza de la Liberación; y muy cerca el Palacio Municipal, con los mejores frescos de Gabriel Flores, y el Palacio de Justicia, en cuyo sitio, en 1588, fue construido el convento de Santa María.

450 AÑOS DE HISTORIA

Para la fecha, ya Guadalajara tenía rango de ciudad y escudo de armas. Incluso ya era entonces capital del Reino de Nueva Galicia: en 1539, tras tres sucesivos intentos de fundación, el rey español Carlos V decidió, no obstante, otorgarle a Guadalajara el título de ciudad. Pero no fue hasta el 14 de febrero de 1542 que logró establecerse la villa.

En 1560 el papa Paulo III autorizó establecer en Guadalajara el obispado de la Nueva Galicia, y en ese mismo año la audiencia del reinado fue trasladada también para la Ciudad de las Rosas, que por la época abrigaba a unos 500 españoles, a otros tantos esclavos negros y unas 2 200 familias indígenas esparcidas en un área de cinco kilómetros alrededor de los primeros cimientos de la Catedral.

A finales del siglo XVIII el noroeste ya había sido definitivamente colonizado por la Compañía de Jesús: la Perla de Occidente empezaba a ser tal, luego de un florecimiento súbito y sostenido del comercio y, en consecuencia, de su población y territorio. A inicios de la pasada centuria la ciudad contaba con 35 000 habitantes y poco más de 300 manzanas, y para 1821, una vez consumada la independencia, albergaba a 46 000 vecinos.

Después vinieron las luchas entre federalistas y centralistas, y luego entre liberales y conservadores, y no fue hasta 1867, con la restauración de la República Mexicana, que Guadalajara volvió a vivir años de esplender económico y cultural.

La luz eléctrica y los teléfonos fueron instalados en 1884, poco antes del establecimiento en la ciudad de un observatorio astronómico, de la Cámara de Comercio, el Banco de Londres y el de Jalisco, las obras del Teatro Degollado ya habían concluido entonces, y el recinto que todavía hoy sigue abierto al público fue inaugurado en 1883 con la ópera “Lucía de Lamermoor”.

Con la Revolución de 1910, Guadalajara pasó a ser la segunda ciudad más poblada del país, pero los años siguientes -hasta bien entrados los años 30- casi pusieron en riesgo su esplendor: sobrevinieron más guerras -esta vez de carácter regional, en los estados de Jalisco, Michoacán y Guanajuato-, y las secuelas del crack del 29 repercutieron mucho más de lo esperado.

Los años 40, en tanto, fueron de tranquilidad social y política, y de crecimiento marcado en el comercio, la industria y la demografía. En 1950 Guadalajara empezaba a configurarse ya como lo que es: la metrópoli mexicana de occidente, el centro cultural y económico más importante del país después del Distrito Federal.

Prisma Latinoamericano, noviembre de 1991.