Discurso del presidente de Perú, Alberto Fujimori

DISCURSO PRONUNCIADO POR EL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA DE PERÚ Alberto Fujimori, EN OCASIÓN DE LA PRIMERA CUMBRE IBEROAMERICANA, Guadalajara, México, 18 de julio de 1991.


Ha querido la historia que a los lazos indiscutibles surgidos a lo largo de cinco siglos, se sume hoy el factor de la complementariedad entre América Latina, España y Portugal. Mientras éstas participan en una Europa cohesionada y que representa un poder económico insoslayable, aquí ya se vincula crecientemente, sin abandonar tradicionales lazos con otros países, a los de la llamada Cuenca del Pacífico, otra de las zonas de mayor dinamismo económico, financiero y comercial del planeta.

Es un hecho, no sólo simbólico, el que Guadalajara se haya convertido en un período muy corto de tiempo en escenario de dos reuniones trascendentales: la Cuenca del Pacífico, no hace mucho, y ahora la de la Cumbre Iberoamericana. Guadalajara es hoy el punto neurálgico de la gran preocupación iberoamericana: la unidad para enfrentar el futuro.

América Latina es una región que mira a dos cuencas: la del Pacífico y la del Atlántico, y que históricamente se ha nutrido de todas las corrientes migratorias. Su situación es, por ello, privilegiada, pero esta potencialidad hay que desarrollarla a través de una unidad más allá de toda retórica.
España y Portugal no pueden estar ausentes de este esquema integracionista, porque están presentes en nuestra historia, nuestra cultura y nuestra carne.

Actuar concertadamente no sólo supone desarrollar las condiciones para el máximo intercambio económico, financiero, comercial, tecnológico y cultural. Supone, también, adquirir compromisos morales al interior del orden mundial que se está gestando, si queremos ser también verdaderos actores de la escena contemporánea.

América Latina ha sido siempre el Continente de la paz y hoy nos toca hablar en nombre de la paz, de esa paz tan necesaria al desarrollo.
La mayoría de los países latinoamericanos nos hemos visto azotados por el problema de la deuda externa y los graves desajustes sociales internos, derivados del crecimiento demográfico y de la falta de recursos para hacer viables los programas de desarrollo.

Sin embargo, a pesar de la onerosa carga, que limita el encuentro con nuestro destino, no pocas veces hemos incurrido en la absurda política de destinar parte importante de nuestros escasos recursos a las adquisiciones militares.

La consecuencia funesta de estas equivocadas políticas, ha sido la postergación de indispensables programas sociales. Nos hemos endeudado más, y sobre todo, hemos mantenido latente un clima de desconfianza internacional que, en el caso específico de los países latinoamericanos, es antihistórico.

La actual dinámica de los acontecimientos mundiales; el prodigioso avance de la tecnología, singularmente de la informática; la formación de bloques económicos entre naciones, es prueba de que el mundo ingresa a una nueva era signada por el diálogo antes que por la confrontación.

Es en este contexto que vemos cómo toda clase de suspicacias y prejuicios, de recelos, ceden ante la confianza en el diálogo y el intercambio a todo nivel.

Hemos visto abrirse por primera vez desde la postguerra, la posibilidad de un mundo libre de la pesadilla nuclear. Sin embargo, la amenaza subsiste porque subsiste el armamentismo.

Pero en un proceso de convergencia y progresiva integración en el marco de la comunidad iberoamericana, también es necesario replantear el concepto tradicional de defensa.

En efecto, entre países que articulan sus voluntades políticas y sus proyectos económicos, dejan paulatinamente de tener sentido los viejos conflictos heredados. Por lo tanto, en este horizonte la defensa tendría que estar orientada al mantenimiento de la estabilidad de los Gobiernos legítimamente constituidos, frente a las amenazas internas, como el narcotráfico y el terrorismo.

El armamentismo es el principal enemigo del desarrollo de nuestros pueblos. No basta con enunciar esto. Es necesario que empecemos por casa, a entregarle al desarrollo social los ingentes recursos que hoy asignamos a la compra de instrumentos de muerte.

Estamos, pues, en el momento oportuno para retornar a la lucidez y plantear como doctrina y como acción el desarme latinoamericano.
Que el siglo XXI sea un nuevo amanecer, donde la única guerra que libremos sea la guerra contra la miseria y la injusticia.

Guadalajara ha sido no hace mucho, como dije, sede de la Reunión de la Cuenca del Pacífico. Entonces se planteó la necesidad de enfrentar el futuro unidos.

En Guadalajara tenemos, nuevamente, la posibilidad de avanzar en esta dirección; pero ahora debemos subrayar, enfatizar, que la integración y la unidad de nuestros países, tiene como base concreta el desarme. No necesitamos ya armas para defendernos los unos de los otros. Lo que ahora necesitamos son más carreteras, más vías de comunicación, más acuerdos concretos que nos acerquen, en vez de distanciarnos.