Discurso del presidente de Mexico, Carlos Salinas de Gortari

DISCURSO PRONUNCIADO POR EL PRESIDENTE DE LOS ESTADOS UNIDOS DE MÉXICO Carlos Salinas de Gortari, EN OCASIÓN DE LA PRIMERA CUMBRE IBEROAMERICANA, Guadalajara, México, 18 de julio de 1991.

Jefes de Estado y de Gobierno;

Señor Secretario General de la Organización de Naciones Unidas;Dirigentes de Organismos internacionales;

Señoras y Señores:

En nombre de todos los mexicanos y de su Gobierno les doy la bienvenida a México, tierra iberoamericana. Hoy, la afinidad de nuestro espíritu encuentra una expresión inédita en esta Cumbre que es, a la vez, principio de oportunidades para enfrentar un mundo en plena transformación. Buscamos que mejoren nuestras circunstancias y creemos que juntos tenemos mayores posibilidades de lograrlo. Tal vez este gran espacio, producto de la voluntad de cada uno de ustedes, señale el nuevo camino para reconocernos y apreciar juntos nuestro porvenir.

La riqueza o vastedad de los recursos naturales ya no determinan la posición de las naciones. Tampoco están unidos, como antes, los poderíos militares a las avanzadas del comercio, las finanzas y las tecnologías. La lección de nuestro tiempo ha sido la de sumar esfuerzos para crear competitividad; y ella, sabemos, nunca está fija en el perfil de las naciones. Se forja en el último de los talentos y en el aliento a la creatividad social; se consolida en la asociación, no en la soledad.

En este tiempo de cambios, conocemos los riesgos: la inestabilidad de la economía mundial, la escasez de capitales, la vinculación entre pobreza y deterioro ambiental, la amenaza del narcotráfico a la seguridad de los Estados; y, sobre todo, que el atractivo de otras regiones en la posguerra fría pudiera relegar a la nuestra a un plano estratégico secundario. La dinámica poblacional, reto de cantidad, merma nuestros esfuerzos y la crisis nos deja como herencia adicional la caída en la calidad de lo ya construido por generaciones anteriores. Tenemos, también, claros los propósitos: integrarnos y ser soberanos; ser competitivos, promoviendo, al mismo tiempo, la equidad; asimilar a nuestra cultura la creciente presencia del mundo y así, fortalecerla.

Por eso, enfrentamos el futuro con confianza. Sabemos que el pasado, como la historia, es registro y no agenda. Sólo la acción cambia las cosas. Nuestros pueblos reclaman progreso evidente y duradero. Para responderles, no se pretende uniformidad en las políticas; negaríamos la necesaria pluralidad. Pero la región Iberoamericana presenta tendencias generales, independientes del origen ideológico de los gobiernos: se abren las economías, se reforma el Estado, se democratiza la política, se alienta la inversión privada, nos integramos hacia adentro y con el resto del mundo, se modernizan los sectores productivos.

Las verdaderas transformaciones, las de las mentalidades, toman tiempo y hay que dárselo. Al interior, la política es el único instrumento para construir los consensos que ordenen el esfuerzo y den al cambio oportunidad de mostrar sus bondades. Hacia la región, también será la voluntad democrática del continente la que imagine con tolerancia y respeto las vinculaciones subregionales, las que habrán de darse entre zonas económicas, las que abrirán a Europa para los latinoamericanos y Latinoamérica a los europeos.

Los nuevos acuerdos en el sur del continente, en Centro América y hacia el norte por parte de México, son de enorme significación para nuestro futuro. Estas no son fuerzas centrífugas de la unidad añorada. Podemos dar la bienvenida a estos nuevos acuerdos que buscan sumar capacidades sin aislarse y dialogar, como hoy, sobre lo que no es común, para aprovechar lo que nos hace diferentes. Debemos felicitarnos por el ánimo de tolerancia y aprovechar nuestra vocación por el respeto entre los hombres y entre las naciones, legado de Juárez y esencia del derecho internacional.

Mandatarios Iberoamericanos:

No tenemos tiempo para sólo contemplar los pasados, ni reservas para arriesgar con el azar, el futuro. Tenemos, en cambio, muchas tareas concretas que concluir y comunicarnos mejor; abrir los foros Iberoamericanos sin burocracias, para el cruce de las inteligencias y los bienes; tejer la red para la integración que es también internacionalización; y para ampliar las coincidencias políticas que contribuyan a la transición del fin de siglo. Sin ellos, nuestra acción, más que elemento de unidad sería factor de nuevas frustraciones y desaliento. Las culturas que forman nuestra cultura iberoamericana son arma común de quienes aceptan el desafío del mundo y trampa histórica para quienes huyen de sus retos.

El nuestro no es el peligro de la desintegración regional sino el desaprovechar recursos y oportunidades. Frente a nuestras urgentes necesidades, esto sería intolerable. Por eso, debemos extraer de la experiencia de nuestras comunidades el compromiso de solidaridad con quienes más necesitan; transformar al Estado paternalista y propietario en el Estado justo y solidario que demandan nuestros pueblos. Esta es la cultura de la dignidad que armoniza realización individual y fraternidad comunitaria lo que asegura el verdadero cambio sin perder lo mucho que tenemos de excepcional. Entonces podremos derrumbar el muro más difícil, pero el más importante, el de las desigualdades al interior de nuestras sociedades.

Pocas regiones en el mundo como la nuestra están tan seguras de su identidad. “Poseemos ya una fuerza de arranque. En Iberoamérica coinciden la nación y la cultura”, -nos dice el escritor mexicano Carlos Fuentes- y es “una cultura que juntos hacemos y que nos une: india, europea, africana y sobre todo mestiza; una cultura que produce la naturaleza y los problemas del mundo”. Nuestra cultura ya es universal: bastaría imaginar al mundo sin nuestra presencia para empobrecerlo indeciblemente; sin nosotros perdería versatilidad y viabilidad. No somos algo añadido al mundo sino parte fundamental de su complejo tejido y podemos contribuir a que sea mejor para nuestros pueblos y para todas las naciones.

Gracias por venir a México. Gracias por alentar el fuego nuevo de Iberoamérica.