Discurso del presidente de la Republica Dominicana, Joaquín Balaguer

DISCURSO PRONUNCIADO POR EL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA DOMINICANA Joaquín Balaguer, EN OCASION DE LA PRIMERA CUMBRE IBEROAMERICANA, Guadalajara, México, 18 de julio de 1991.

Entre los actos en que se conmemoró el Cuarto Centenario del Descubrimiento de América, en 1892, sobresalió la publicación en Madrid de la historia de la poesía hispanoamericana del insigne polígrafo Marcelino Menéndez y Pelayo.

En ese libro monumental se afirma que la subsistencia de la isla española, la predilecta de Colón, es un milagro que sólo se explica por la tremenda vitalidad de nuestra raza y por la persistencia dentro del ámbito biográfico que ocupamos del idioma español, base de nuestro ser nacional durante la Colonia, todavía hoy principal soporte de nuestras estructuras como nación independiente.

Ya en 1606, tras las devastaciones ordenadas por el Gobernador Osorio, nuestra población, batida constantemente por negreros piratas, se había reducido a menos de seis mil almas, prácticamente abandonadas a su suerte por la metrópoli en medio del océano.

Hay otro caso similar al de la Isla de Santo Domingo que puede señalarse también como prueba de la indiscutible grandeza y de la indiscutible perennidad de nuestra cultura, el de la Isla de Puerto Rico que salió en 1898 de manos del imperio español para caer bajo los dominios de otra nación de lengua y de cultura distinta.

Puerto Rico, sin embargo, sigue hablando español y representa en el Caribe, justamente con Cuba y Santo Domingo, un testimonio vivo de la perdurabilidad de su instrumento de expresión y del poder que tiene para unir a los diferentes componentes.

Basado en esta experiencia histórica, me permito sugerir que el primero o el último, si se quiere, de los votos que salen de esta asamblea sean para saludar y resaltar a todos los hombres y las mujeres de Latinoamérica que durante el medio milenio que ha pasado han trabajado para preservar y para enriquecer la lengua con que nos comunicamos; es decir, en el día de hoy, a intelectuales de la estatura de Carlos Fuentes, de Octavio Paz y de tantos y tantos otros que a ambas orillas del Atlántico han trabajado para preservar y par enriquecer la lengua de Cervantes, sin que olvidemos, desde luego, todo lo que Latinoamérica debe al insigne humanista venezolano Andrés Bello y a los colombianos Rufino y Miguel Antonio Caro, y los trabajos lingüísticos son equiparables en mérito y en magnitud a los de Nebrija, como creador de la primera gramática castellana.

Cuando el humanista español entregó a la reina Isabel La Católica el fruto de sus investigaciones, expresó a la gran soberana que la lengua era el imperio. Sabía, pues, el humanista español que las conquistas futuras a realizar sólo podían ser perdurables mediante la asimilación de la lengua por los pueblos sometidos. Sabía que los pueblos y los seres humanos no se sojuzgan con el yelmo, sino con la palabra.

Los pueblos que de este lado del mar formamos parte de la familia hispánica, podemos sentirnos orgullosos de España – no como parece aludirse en varias referencias que se han hecho en esta reunión – ; podemos sentirnos orgullosos de España, porque España ha sido la nación que mayor incidencia ha tenido en el proceso histórico del mundo en los últimos milenios, y porque ha sido entre las naciones occidentales, la única que ha sido capaz de realizar esa unidad nacional tras una lucha de más de 700 años y de emerger de esa epopeya con fuerzas suficientes todavía para emprender una epopeya aún más propia para sí, como lo fue la del descubrimiento de América y la evangelización de los nuevos inmensos territorios.

Pero España puede sentirse también orgullosa del mundo que descubrió, de su gente, de los aborígenes que poblaron lo que Pedro Mártir de Anglería denominó el “Orbe Novo”.

El primer monumento poético de nuestra lengua en los últimos tiempos, tan grande para nosotros como pudo haberlo sido quizá “La Ilíada” para los griegos, es el poema heroico que lleva por título “Tabaré”, del uruguayo Zorrilla de San Martín.

En el campo del derecho internacional público y en el de la reafirmación de los tributos inherentes a la personalidad del hombre, sobre todo en el de la justicia, que ha sido aterradoramente degradada en el ámbito de las dos últimas guerras mundiales, también España ha tenido en nosotros buenos discípulos y buenos continuadores. Basta citar el caso de que la Constitución de la República Oriental del Uruguay del primero de marzo de 1919 consagró la jornada de 8 horas y otras similares, parte importante de las reivindicaciones obreras en el mundo de nuestros días, cuando todavía esas conquistas eran una simple aspiración y lo siguen siendo todavía en muchas de las naciones supuestamente civilizadas.

Nuestro continente ha sido testigo, dentro y fuera del marco del Quinto Centenario, de hechos de enorme relevancia histórica: con Colón, como se dice ahora, asistimos al encuentro de dos mundos; con Balboa, en el Istmo de Panamá, al encuentro de dos océanos; y en el Perú y en México, con Cortés y con Pizarro, al encuentro de dos civilizaciones.

Nada de extraño tiene pues que veamos un continente lleno de contrastes y de contradicciones. Desde el punto de vista cósmico, poseemos la cordillera más abrupta, la de los Andes; la catarata más imponente y más impresionante, la de Iguazú; el lago más cercano al cielo, el Titicaca; los valles más erizos y los desiertos más inhóspitos; pero el mayor contraste en nuestro continente – como se ha advertido aquí – es el humano, el contraste que existe en la existencia en el seno de todas nuestras sociedades, de una clase tan rica que su opulencia nos resulta a todos casi ofensiva, y de otra más numerosa que la primera que se consume en medio de la mayor miseria. Distribuir ese contraste, como aquí se ha dicho, es el desafío de esta Cumbre Iberoamericana. Como ya se ha referido a ella el Presidente del Perú, señor Fujimori, quiero hacer una breve referencia a la ciudad de Guadalajara que nos ha recibido juntamente con el gobierno de México con gran generosidad y con gran alegría. Esta ciudad sobresale no sólo por su posición geográfica privilegiada llena de aires finos y alegres nubes, sino también por el garbo y la belleza de sus mujeres; por sus obras arquitectónicas entre las que se destaca imponente su catedral, y sobre todo por el carácter erguido que se advierte en el Jalisco, la canción que hemos oído y hemos aludido mil veces en la voz inmortal de ese astro de la canción mexicana que se llamó Jorge Negrete.

Sé que este auditorio está ya fatigado, voy a ser muy breve, pero no quiero terminar mis palabras sin recordar una misiva que dirigió a todos los Mandatarios iberoamericanos en el mes de septiembre de 1990, el Presidente del Gobierno español excelentísimo señor don Felipe González Márquez; en esa misiva el Presidente del Gobierno español nos recordaba que 1992 no debía servir solamente de pretexto para una conmemoración de 500 años de historia común, sino que debía ser escogido como punto de partida de nuestros gobiernos para una relación más estrecha y más fructífera entre nuestros pueblos.

Esta noble preocupación del Presidente del Gobierno español es compartida por todas las naciones aquí representadas. Definir qué debemos hacer para hacer nuestras relaciones más profundas y más estrechas constituye en este instante nuestro reto.

Al cabo de medio milenio se nos impone el deber de pronunciarnos sin reticencias y sin eufemismos sobre una necesidad tan importante hoy para nosotros como lo pudo haber sido en el pasado la evangelización; la de estructurar una nueva Iberoamérica; una Iberoamérica que sea realmente más coherente en sus principios y más compacta y más fuerte para obrar con sentido de solidaridad en defensa de nuestros intereses vitales.