Discurso del presidente de Guatemala, Jorge Serrano Elías

DISCURSO PRONUNCIADO POR EL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA DE GUATEMALA Jorge Serrano Elías, EN OCASIÓN DE LA PRIMERA CUMBRE IBEROAMERICANA, Guadalajara, México, 18 de julio de 1991.

Antes de abordar esta tribuna, me he preguntado: ¿A quién represento y en nombre de quién la abordo?

Represento a la cuna de la cultura maya-quiché, cuyos monumentos aún perduran como testimonio de la grandeza y los avances de esa civilización. Tikal, Mixco Viejo, Dos Pilas y Kaminal Juyú, son colosos monumentos que dan testimonio de la grandeza y espíritu de nuestra bella tierra y de nuestra ancestral civilización.

Represento al país más indiano de América: 60% de nuestra población, que es de casi 10 millones de personas, desciende de esa civilización milenaria, y el resto somos producto del mestizaje, del flujo y reflujo de dos culturas que se entrelazaron y que se proyectan al mundo de manera singular. Un país donde la violencia de la conquista no pudo avasallar la dignidad del aborigen. Su cultura aún subsiste con todo vigor, preservando sus valores, su lengua y sus costumbres, imprimiéndole a la sociedad entera el digno sello particular del pueblo maya-quiché.

Represento a una República que ha pagado con sangre el precio de su independencia y su libertad, en períodos obscuros que no quiero recordar ni mi pluma quiere recoger. Porque en mi corazón, lleno de regocijo y de amor por la paz y la dignidad, late la esperanza que estos períodos hayan sido sólo una pesadilla, la cual no existirá más cuando venga el momento del despertar.

Represento a una nación donde el tirano, los representantes de los imperios y las luchas provocadas por la confrontación Este-Oeste han tenido siempre la intención de dividir para reinar. Esta confrontación tristemente utilizó nuestro territorio como cuerpo de batalla, pero no ha podido doblegarnos porque adentro de nosotros surge siempre un maya invencible que se levanta como la milpa después del vendaval, y que dice ¡presente! para continuar su lucha.

Hemos visto tristemente que en esta última etapa bélica unos han puesto las armas; otros, el dinero; unos más las ideas. A nosotros nos ha tocado, dolorosamente, poner los muertos; y, una vez más, sufrir el estancamiento, la miseria y el subdesarrollo.

En nombre de mi país, quiero manifestar a todos aquellos que, de una u otra forma han afectado nuestras vidas, que les hemos perdonado. Y asi hoy, con orgullo y con profunda satisfacción, les decimos que, una vez más, haciendo a un lado nuestras diferencias y uniéndonos en el sentir de guatemaltecos, nos juntamos todos como hermanos para buscar la paz, rechazar las influencias que nos pretenden mantener en el conflicto y buscar la reconciliación; para darnos el abrazo fraternal que será el preámbulo de la reconstrucción de nuestro suelo natal.

Represento al pueblo que ha recibido menos ayuda internacional en este continente y que, por ende, tiene la menor deuda externa per cápita en América. Esta escasa ayuda podría parecer una desventaja, pero ha servido para acicatear la inventiva creadora, afianzar un sano nacionalismo y, sobre todo, preservar nuestra dignidad e independencia.

Represento a un conglomerado nacional que, desde sus orígenes, manifestó y sostuvo su vocación americanista y su espíritu integracionista. Así, en los albores mismos de nuestra nacionalidad, en nuestra carta definitiva de independencia, promulgada el primero de junio de 1823, claramente se estableció que las provincias centroamericanas son libres e independientes de cualquier potencia “así del antiguo como del nuevo mundo”.

En nombre, pues, de este pueblo, de este país que no figura entre los grandes, aunque tampoco entre los más pequeños, es que hablo desde esta tribuna, interesado en compartir con tan preclaro auditorio un mensaje de reflexión y de esperanza.

Somos la expresión cultural de situaciones traumáticas y violentas: el descubrimiento y la conquista.

Realmente, el descubrimiento no fue tal, porque se descubre lo que no existe, y la verdad es que, en nuestro suelo, ya se había dado, desde hacia milenios, una esplendorosa cultura. Sin embargo, para calificar qué tipo de vida era la encontrada, se dieron polémicas, pues muchos de los conquistadores de Indias, como es bien sabido, propiciaron la idea que los naturales del Nuevo Mundo no eran hombres, y que, por lo mismo, debería ser lícito servirse de ellos como bestias y disponer de sus bienes, ya que no se les reconocía más derecho que aquel que pudieran tener los animales del campo.

Hubo entonces necesidad que el Pontífice Pablo III, en bula “Sublimes Des”, declarara a los naturales de las Indias como auténticos hombres, verdaderos seres humanos.

En cuanto a la conquista, ella se impuso poniendo al conquistador como sujeto y al conquistado como el objeto a alcanzar. Hoy, después de varias centurias, observamos con pavor lo brutal y despiadado de esa concepción.

Sin embargo, la conquista sólo aparentemente ha terminado; porque sin temor a equivocarnos, podríamos decir que existe un proceso cultural que perpetúa la dominación, y que nos persigue hoy, no tan brusca ni tan evidentemente, pero que es dramática y peligrosa por su solapada sutileza.

Hoy no se usa la espada ni el puñal, pero se conquista con la imposición de modelos económicos, sociales y culturales; se instrumentaliza la ciencia y la tecnología para impulsar nuevas formas de vasallaje; se manipula el derecho internacional en favor de unos y en contra de otros; inclusive se utiliza la ayuda y la cooperación hacia los más necesitados, para fomentar la dependencia, como una forma velada de forjar nuevas servidumbres, en lugar de aprovecharse para favorecer el desarrollo potencial de todas las partes.

En la coyuntura actual que vive el mundo y de cara al reordenamiento geopolítico en que participamos, Iberoamérica tiene un espacio importante, definitivo, para situarse paritariamente en el protagonismo de la historia contemporánea. Sin embargo, pareciera que no se sabe cuál es el lugar que le corresponde en el concierto mundial de naciones, para marcar, con la presencia de su rica cultura, el futuro de la humanidad.

Fue traumática para el mundo, particularmente para nosotros, la confrontación Este-Oeste, pero aún peor podría resultar la agudización del enfrentamiento entre el Norte y el Sur. Yo considero que, para evitar ese riesgo, es necesario que en el interior de nuestros pueblos y entre todos los pueblos del mundo, afiancemos el firme concepto de la paz, entendida no únicamente como la ausencia de un conflicto armado, sino como la condición que permita al hombre, a la mujer y a los hijos de éstos, vivir y desarrollarse sin angustias, sin amenazas, sin más limitaciones que las derivadas de sus propias capacidades, sobre la base de la justicia económica y social que facilite al hombre vivir dignamente, disfrutando un Estado de derecho que, nacional e internacionalmente garantice la libertad, la dignidad y, en consecuencia, los derechos humanos; en una sociedad democrática que asegure y estimule la participación del ciudadano en la definición del mundo que le tocará vivir, le dé acceso al poder pacíficamente y lo aleje de alienaciones y fracasos.

No estamos inventando nada al afirmar lo antes dicho, pues está plasmado en el pensamiento de diversos gobernantes que nos precedieron en la conducción de nuestras naciones. Hombres visionarios que vieron en la solidaridad entre nuestros pueblos el claro sendero que nos conduciría a dejar de lado lo que hemos sido y a ocupar la posición que nos corresponde.

Séame permitido citar a un gran centroamericano el sabio Don José Cecilio del Valle, que, en la ciudad de Guatemala, en 1822, escribía:

“Ya está proclamada la independencia en casi toda la América; ya llegamos a esa altura importante de nuestra marcha política; ya es acorde la voluntad de los americanos. Pero esta identidad de sentimientos no produciría los efectos que es capaz, si continuaran aisladas las provincias de América sin acercar sus relaciones y apretar los vínculos que deben unirla”.

“Pues el reposo de las unas no es un bien para las otras: las luces de aquéllas no son una felicidad para éstas”.

Soñaba, como yo también sueño, que algún día “Se comenzara a crear el sistema americano o la colección ordenada de principios que deben formar la conducta política de la América, ahora que empieza a subir la escala que debe colocarla un día al lado de la Europa que tiene su sistema y ha sabido elevarse sobre todas las partes del globo”.

“La América entonces, la América, mi patria y la de mis dignos amigos, sería, al fin, lo que es preciso que llegue a ser: grande como el continente por donde se dilata; rica como el oro que hay en su seno; majestuosa como los Andes que la elevan y engrandecen. ¡Oh Patria cara donde nacieron los seres que más amo! Tus derechos son los míos, los de mis amigos y mis paisanos. Yo juro sostenerlos mientras viva. Yo juro decir cuando muera: hijos, defended a la América. Recibe, Patria amada, este juramento. Lo hago en estas tierras que el despotismo tenía incultas y la libertad hará florecer”.

Al meditar sobre estos pensamientos de nuestros antepasados, sólo nos queda pedir que el Señor Dios Todopoderoso nos guíe, nos ilumine, nos dé coraje para superar los obstáculos que han impedido a Iberoamérica levantarse erguida, respondiendo al unísono a las justas demandas de nuestros pueblos; y en abono a esa unidad por la cual hoy clamamos, pido la benevolencia de tan ilustre auditorio para citar el libro de “Eclesiastés”, que dice: “Mejores son dos que uno, porque tienen mejor paga de su trabajo, porque si cayeren, el uno levantará a su compañero, pero ay del solo que cuando cayere no habrá segundo que lo levante”.

Por Dios, por nuestra ancestral cultura, por el beneficio de nuestros pueblos, que el Señor nos bendiga.