Madrid

Los entendidos aseguran que la capital española comenzó a cambiar de fisonomía, de forma acentuada, a mediados del siglo XIX, cuando acogió a la universidad de Alcalá de Henares (1836), fue fundado el Banco Isabel II (1847), y la ciudad amplió su estructura comercial e industrial. 

Acontecimientos significativos en su consolidación como gran urbe fue el ferrocarril que la enlazó con Aranjuez, en 1851, la construcción del acueducto de Loyola (1858) y la aplicación de la electricidad en el alumbrado público (1883) y en los tranvías (1899). Aunque no nació como centro industrial, Madrid es hoy uno de los principales del país y el centro de comunicaciones terrestres más relevante de la península.

Madrid se estableció firmemente en el siglo como una gran capital europea, aunque con los desequilibrios que aportan el peso de las tradiciones y la necesidad de mantener sin interrupciones un desarrollo acorde con los imperativos de la época, lo cual, sin llegar al antagonismo, es fuente, a veces, de singulares conflictos. Así ocurre, por ejemplo, con la quijotesca disputa surgida en relación con el completamiento de la M-40, una amplia autopista de circunvalación que, una vez terminada, beneficiará el tránsito rodado madrileño.

El Madrid de finales de siglo tiene otras caras, además de la que se presenta al viajero inadvertido o la que aparece en las postales turísticas. En el céntrico Paseo de la Castellana se sufren a diario los más desesperantes embotellamientos de tráfico que se puedan imaginar, sólo superables por los que se forman en las callejuelas del centro, especialmente en torno a la Plaza Mayor y la Puerta del Sol, con acceso prohibido durante el día de los vehículos privados.

Donde la Gran Vía pierde su nombre para adoptar el de Calle Princesa, aparece la Plaza de España y allí, se afirma, se puede conseguir sin grandes dificultades una dosis de heroína o hachís, o un papelillo de cocaína. Pero el centro de la droga sigue siendo la zona antigua, en la cual la adicción aparece mezclada con la prostitución, que también se expande. Mientras, en la periferia, en barrios como La Celsa y Pies Negros, las chabolas de los más desheredados -entre ellos los gitanos- forman bolsones de pobreza extrema.

En el otro extremo del espectro socioeconómico capitalino, la asociación de vecinos de La Moraleja, una lujosa urbanización de la zona norte, pugna por ejercer un supuesto derecho de impedir la entrada de extraños e, incluso, de formar ayuntamiento propio.

Algunas encuestas ofrecen una visión de lo que se esconde tras las imágenes propias para el turista de hoy. Una de ellas afirma que un 21 por ciento de los madrileños bebe en exceso, aunque lo más grave es que uno de cada diez consume habitualmente alcohol, esto en un país donde, de acuerdo al Ministerio de Cultura, un 42 por ciento de los mayores de 18 años no lee nunca y el 63 por ciento no compra libros.

Sin embargo, la ciudad tiene el privilegio de encabezar las comunidades españolas donde más libros se adquieren.

Más allá de estadísticas, Madrid es la capital de un país que puja por hacerse un lugar bajo el sol en la Europa comunitaria y en ese sentido sirve de vitrina para mostrar importantes avances en diversos terrenos, aunque con huellas del precio a pagar por la convergencia económica con sus más desarrollados vecinos.

Así, perdidos entre el bullicioso ir y venir de transeúntes y vehículos, es cada día mayor, por ejemplo, el número de jóvenes de ambos sexos que trata de ganar el sustento vendiendo pañuelos de papel en los semáforos, en los cuales comienzan a verse también adolescentes que por unas monedas limpian el parabrisas de los automóviles. Son síntomas inequívocos de una enfermedad que un comentarista de un diario madrileño llamó hace poco “tercermundismo”.

Reflejo de ello puede ser que casi la mitad de los españoles, según un sondeo de marzo último, consideraba entonces mala y muy mala su situación económica, mientras, por la misma época, la Iglesia Católica -nada sospechosa de socializante- reclamaba un pacto social contra la insolidaridad, la pobreza y la injusticia social.

Así son las cosas en este Madrid de los umbrales del tercer milenio, capital de un país de ricas tradiciones, mezcla de culturas disímiles -no siempre en armonía- y en el que los hábitos y costumbres de muchos siglos a veces tienen más peso que los deseos de modernidad y ésta, en ocasiones, se manifiesta por su lado menos agradable.

Fuente: Prisma Latinoamericano, Julio de 1992.