Discurso del presidente de El Salvador, Alfredo Cristiani

DISCURSO PRONUNCIADO POR EL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA DE EL SALVADOR Alfredo Cristiani, EN OCASIÓN DE LA PRIMERA CUMBRE IBEROAMERICANA, Guadalajara, México, 18 de julio de 1991.

 

Esta reunión en Guadalajara, México, de los más altos representantes políticos de los pueblos iberoamericanos, tiene una profunda resonancia del pasado que compartimos, del presente que nos reclama expresiones coherentes con esa herencia de gran riqueza histórica, y del futuro que nos exige una proyección de destino común, sobre las bases de una colaboración amplia y efectiva. Las puertas de una nueva era de la humanidad se están abriendo para quienes entienden el reto de la modernidad y se arriesgan constructivamente a participar en ese reto. Para nosotros, los pueblos de habla española y portuguesa, el paso hacia adelante sólo tendrá significación histórica si lo hacemos como lo que somos: una comunidad de naciones intercomunicadas tanto por los problemas que padecemos como por las posibles soluciones a los mismos.

Hay un denominador común que está tomando fuerza, dentro de las distintas realidades en que nos movemos: ese denominador común es la democracia, no sólo como régimen político, sino como sistema global de la vida. Esta cumbre podría ser la celebración de la democracia en todas las latitudes del mundo iberoamericano. Creemos que tomar acuerdos para proclamar, conservar y promover la democracia tiene que ser el primer punto de la agenda de este encuentro sin precedentes. Que nadie en el mundo dude que los pueblos iberoamericanos queremos vivir en democracia política, económica, social y cultural, como corresponde a pueblos realmente civilizados. Estamos unidos en el ideal de la libertad, y tenemos que estarlo en la libertad del ideal. Los autoritarismos tradicionales están en rápido proceso de extinción y los totalitarismos que pretendieron monopolizar la verdad y la justicia carecen de toda viabilidad histórica. Los pueblos tienen que ser libres para estructurar su futuro, y así asegurarse la paz evolutiva que tanto necesitan.

Todas las naciones iberoamericanas estamos en la obligación de concertarnos, de aquí en adelante, para ser socios en la gran empresa del desarrollo común y en el gran consorcio de la cultura que compartimos y que tenemos que hacer fructificar hasta sus máximos niveles. Los pueblos de América, movidos por la fuerza de su mestizaje en vías de decantación, saludamos a España y a Portugal como nuestro vínculo con la herencia europea, que también nos pertenece, y esa pertenencia ha de servirnos para hacer sentir, cada vez con más sentido coherente, nuestro aporte mestizo a la cultura universal. Hasta ahora, la voz de nuestra América ha sido la de los marginados y los insatisfechos; el esfuerzo tiene que ser enorme para que los pueblos que representamos tengan las gratificaciones y estímulos suficientes para que puedan unirse con legítimo derecho a la marcha de la libertad, en justicia y bienestar.

En las vísperas del milenio, el nuevo espíritu integrador se manifiesta como aglutinante de nuestra comunidad de naciones. La historia nos integró en el pasado; ahora nos corresponde hacer la integración de la historia por venir. Que las hermosas palabras que se oigan en este foro se conviertan en hechos de solidaridad y cooperación es lo que reclaman los tiempos. La palabra clave de esta hora del mundo es unidad. Más allá de las diferencias y discrepancias, tiene que prevalecer la convicción que formamos un solo cuerpo histórico, y que la disgregación es una forma absurda de automutilación.

Recordemos que nuestros pueblos merecen conocer y vivir la libertad, comprender y practicar la justicia, realizar y compartir el desarrollo. Copatrocinar estas tareas comunes es el mejor regalo que podemos hacernos a nosotros mismos, al conmemorar los quinientos años en que se inauguró la gran tarea común de forjar un destino que aún está en vías de definirse, y, por consiguiente, da amplios márgenes a la imaginación creadora, que quizás es nuestra facultad más expresiva. Hasta ahora, hemos gastado mucha más imaginación para una ilusoria autosufiencia que para un consciente empeño de comunicación. Es tiempo de imaginar, en conjunto, una comunidad iberoamericana que reivindique su peso espiritual y material en el mundo. La utopía mecanicista ha muerto; pero el heroísmo de soñar una vida mejor, en medio de grandes vicisitudes y carencias, está en la raíz de nuestra identidad genética. La vitalidad desbordada de la historia nos pertenece. Sin abandonarla, tenemos que organizar el necesario ejercicio de la razón, que se expresa en buenas leyes y sobre todo en la voluntad de cumplirlas.

Este encuentro en la hospitalaria y fraterna tierra de México nos recuerda algo que nunca deberíamos olvidar: que no estamos solos. Iberoamérica se reúne ahora para reflexionar sobre su presente y su futuro, y en esa conciencia de comunidad está el gran símbolo que nos convoca hacia el trabajo de entender lo que somos, y organizar lo que podemos llegar a ser.
En lo que a El Salvador se refiere, el reto máximo es alcanzar una paz firme y duradera, que propicie el desarrollo pleno de la democracia. Estamos trabajando arduamente por lograr la paz, por los métodos del entendimiento civilizado.

Sabemos que la comunidad iberoamericana, y muy en especial algunos de nuestros vecinos, comprenden a cabalidad ese propósito de gran trascendencia regional, y nos acompañan positivamente en nuestros esfuerzos. Pedir la razonable comprensión y apoyo de este magno foro para que los salvadoreños encontremos el camino seguro de la reconciliación, en un marco de libertad, legalidad y progreso, es nuestra palabra más ferviente, en esta hora de audaces y constructivas definiciones históricas.