Discurso del presidente de Brasil, Fernando Collor de Mello

DISCURSO PRONUNCIADO POR EL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA FEDERATIVA DEL BRASIL Fernando Collor De Mello, EN OCASIÓN DE LA PRIMERA CUMBRE IBEROAMERICANA, Guadalajara, México, 18 de julio de 1991.

Los representantes de los pueblos iberoamericanos nos encontramos reunidos en Guadalajara, acogidos por la fraterna hospitalidad mexicana, para reflexionar en estos tiempos de acelerados y pronunciados cambios, en los compromisos históricos, los objetivos comunes, los vínculos que unen a una comunidad nacida hace quinientos años.

Acepté con entusiasmo la invitación del Presidente Carlos Salinas de Gortari para participar en esta reunión con la certeza de que este encuentro generará un nuevo hecho en las relaciones internacionales contemporáneas.

Señor Presidente,

Al irrumpir en la Historia de Occidente, América alteró para siempre el concepto que tenía el hombre de sí mismo y del Universo.

Las fronteras del mundo dejaron de ser fuente de temor para transformarse en un campo abierto, con posibilidades infinitas para la aventura humana.

En este Continente, el sentido de búsqueda de un mundo mejor, más justo y más próspero fue siempre la principal atracción de los millones de hombres de todas partes que vinieron a construir sus vidas aquí.

Nacemos bajo el signo de la esperanza y de la determinación: esas son las características principales que, con los lazos de identidad cultural e histórica, nos unirán para siempre y nos distinguirán en el universo de las naciones.

Este es el momento exacto para hacer una reflexión conjunta sobre el papel que los países iberoamericanos pueden y deben asumir en esta etapa de reorganización de la macroestructura internacional, que transformará la vida del planeta en el próximo milenio.

Si bien podemos vislumbrar la construcción de un mundo más próspero, solidario y justo, en el que prevalezca la paz, no debemos subestimar, por ello, los riesgos que acompañan al nuevo orden en gestación.

Nos preocupa particularmente el hecho de que al finalizar la bipolarización ideológica, surja una nueva clase de bipolarismo que divida a las naciones en unas ricas y desarrolladas, poseedoras del capital y la tecnología, y otras, faltas de capitales, sin acceso a las nuevas formas de conocimiento y, por eso, incapaces de transformar el dramático panorama social en el que viven.

Si pretendemos construir un mundo de paz, un mundo políticamente estable, debemos buscar soluciones urgentes, realistas y solidarias para ese enorme problema de la distancia cada vez mayor que separa los países del Sur de los países del Norte.

Sabemos que el fin de la Guerra Fría no es garantía suficiente para la creación de un sistema de paz y seguridad más satisfactorio.

Las Naciones Unidas tienen un papel importante que desempeñar en ese proceso, al encauzar un amplio debate sobre la superación de los esquemas obsoletos de distribución del poder en las relaciones internacionales, sin perder de vista, en primer lugar, la primacía del Derecho Internacional.

Reivindicamos un papel activo en ese proceso, porque nuestra identidad está fincada en quinientos años de Historia común; una Historia que nos confiere la cohesión necesaria para actuar con un perfil propio en la escena internacional.

Señoras y señores,

Hoy estamos en Guadalajara celebrando el pasado que nos une, marcando nuestra identidad, afirmando nuestra universalidad.

Estamos, también, proclamando nuestro compromiso con el futuro, atentos a la dinámica de la Historia.

Estamos orgullosos de nuestras tradiciones, pero también estamos abiertos a la renovación y al diálogo que no puede ser, de ninguna forma, excluyente.

Reconstruimos con perseverancia la democracia pluralista, muchas veces en medio de graves crisis políticas, económicas y sociales.

Estamos modernizando y abriendo nuestras economías, haciéndolas más competitivas.

Participamos, en distinto grado pero con un mismo objetivo, en los esfuerzos regionales y subregionales de integración.

Tenemos intereses comunes en el desarrollo de los grandes temas de la agenda internacional contemporánea: la protección de los derechos humanos, la promoción del desarrollo sostenido, la consolidación de las instituciones democráticas, el establecimiento de reglas multilaterales transparentes y no discriminatorias para el comercio internacional, para los flujos de capitales y para la transferencia de tecnología avanzada.

En un mundo marcado cada vez más por la interdependencia, los países iberoamericanos sabrán encontrar, estoy seguro, fórmulas eficaces para desarrollar una cooperación mayor, sin que para ello tengamos que establecer nuevos mecanismos institucionales.

Señoras y señores,

“Somos un pequeño género humano”, decía Bolívar, en la Carta a un Caballero de Jamaica, de 1815, para expresar el sentido de identidad del cual brotaría la fuerza impulsora de la Historia de la América independiente.

Ese “pequeño género humano”, que nació mestizo, reencuentra hoy, aquí, en Guadalajara, su porción ibérica.

Juntos recobraremos el impulso que, en el pasado, nos dio fuerza para erguir un Nuevo Mundo, en el presente, nos confiere una personalidad renovada y en el futuro próximo habrá de servir al propósito común de transformación que se está llevando a cabo en el mundo.

¡Qué Dios nos ayude en esta tarea!