Discurso del presidente de Portugal, Mario Soares

DISCURSO PRONUNCIADO POR EL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA PORTUGUESA Mario Soares, EN OCASIÓN DE LA PRIMERA CUMBRE IBEROAMERICANA, Guadalajara, México, 18 de julio de 1991.

Señor Presidente Carlos Salinas de Gortari:

Mis primeras palabras son para agradecer a Vuestra Excelencia su invitación a participar en esta Primera Cumbre Iberoamericana y para felicitarlo por tan oportunainiciativa.

En verdad, el momento fue particularmente bien escogido, en el actual contexto internacional, para reunir a los jefes de Estado y de Gobierno de los países del gran espacio latinoamericano, de España y de Portugal, con el objetivo de impulsar el diálogo político y dar a las relaciones económicas y de cooperación entre nuestros países una expresión práctica más concreta, dinámica y actual, ahondando la tradición humanista que es nuestra matriz histórica y cultural común.

Permítame también, Señor Presidente, que en nombre del pueblo portugués que aquí represento dirija, a través de Vuestra Excelencia al pueblo mexicano que hoy nos acoge, un saludo fraterno y muy especial y que le agradezca su cordial hospitalidad.

Majestad,
Señores Jefes de Estado y de Gobierno:

El mundo está sujeto en nuestros días a una acelerada evolución que continúa sorprendiéndonos por la profundidad de los cambios que presenciamos casi cotidianamente. Son tiempos fascinantes que exigen lucidez y serenidad pero son, también, tiempos prometedores, de apertura, de libertad, de diálogo, aproximación y reconciliación.

La América Latina vive, también, las inevitables consecuencias de estos vientos de cambio. Por todas partes, en este inmenso subcontinente, fructifica y es, diría yo, pacíficamente aceptado, un movimiento irreprimible de “subversión democrática” que viene a abrir, finalmente, a sus pueblos nuevas y reales perspectivas de un futuro más próspero y más justo, conjurando -esperamos que definitivamente- un pasado adverso de dictaduras, en el que el desprecio por los valores fundamentales era moneda corriente.

Restaurada la democracia pluralista, restituidas las libertades y los derechos fundamentales, consolidada la política de desarme, en los planos internacional y regional, comienzan a librarse las energías humanas y pueden ser movilizados los medios indispensables a la prosecución de las tareas inaplazables del desarrollo en esferas esenciales como la economía, la educación, la justicia, la cultura y la defensa del medio ambiente, con miras a corregir las graves asimetrías que todavía hoy afligen a los pueblos iberoamericanos.

La adhesión de Portugal a las Comunidades Europeas -al igual que la de España- vino a dar una nueva dimensión, más vasta y actual, al diálogo intercontinental que, en este nuevo contexto, es nuestro deber profundizar, ampliar e impulsar. Portugal, por ser uno de los Estados comunitarios históricamente más ligado a los pueblos de las dos orillas del Atlántico Meridional y por haber traído al seno comunitario el mundo de lengua portuguesa -que, al final del siglo, representará cerca de 200 millones de seres humanos radicados en todas las regiones del globo- sigue considerándose como un legítimo heraldo y un denodado defensor del espíritu de apertura de Europa a los pueblos de otros continentes.
Permítanme saludar aquí, con legítimo orgullo, a Brasil, país al que Portugal está vinculado con fraternales e indestructibles lazos históricos, afectivos, humanos y culturales.

En Portugal, desde la Revolución de los Claveles, se tiene una clara conciencia de la importancia del subcontinente sudamericano, del carácter interdependiente de su relación con Europa y, por consiguiente, de la necesidad e, incluso, de la inevitabilidad de mantener con él un estrecho y fecundo intercambio.

El propio desarrollo del proceso de independencia de Brasil -que concluiría de modo natural en 1822, con la participación activa de Don Pedro, heredero de la corona portuguesa- al permitir que la unidad territorial de ese vasto país se mantuviera intacta, sin que se rompiesen los lazos que aún hoy lo unen a Portugal, es prueba de una tradición política, muy actual, a la que, desde hace años, hemos procurado dar continuidad.

El aumento sostenido y cada vez mayor de la inversión brasileña en nuestro país es una prueba de que los dinámicos hombres de negocios brasileños comprenden la importancia que tiene el Portugal de hoy, miembro activo de la Comunidad Europea. Por otro lado, la creación, en 1989, del Instituto Internacional de la Lengua Portuguesa en S. Luis de Maranháo, agregando a Brasil y Portugal los cinco países africanos lusófonos que la usan como medio de comunicación preferido, surge como una expresión de porfiada voluntad política.

Lo que acabo de decir no vale exclusivamente para la nación brasileña que, como afirmó el Presidente Collor en su brillante discurso de toma de posesión, deberá tener en Portugal el socio privilegiado en sus relaciones con la CEE. Es aplicable, también, a la generalidad de los países iberoamericanos, que hoy están dignamente representados aquí, en el más alto nivel, y que encuentran en España y Portugal -países hoy aliados y auténticamente hermanos- voces y votos que los podrán representar en el marco comunitario, expresando sus preocupaciones legítimas y sus naturales anhelos de desarrollo armonioso.

El diálogo latinoamericano y europeo encuentra así, en este marco, un campo renovado propicio a su expansión y enriquecimiento. Y nuestra sensibilidad particular para las cuestiones que afectan a los pueblos de este lado del Atlántico, viene a afirmar más aún la predisposición de la Europa comunitaria para cumplir su vocación y su legado de ámbito de solidaridad, de apertura y de intercambio.

Podemos desarrollar así potencialidades hasta ahora desconocidas que darán un nuevo rostro y una relación mejor y más igualitaria a la vinculación entre Europa y América Latina.

Las “Reuniones de San José” y el diálogo CEE-Grupo de Río representan en este contexto, por los resultados ya obtenidos, vías que es necesario seguir explorando y ampliando.

Portugal, a partir de enero de 1992, y durante un período de seis meses, tendrá a su cargo la presidencia de las Comunidades Europeas. Hará lo necesario para consolidar el diálogo político entablado, profundizando las relaciones económicas y culturales y fomentando el establecimiento de un marco institucional adecuado que pueda servir de punto de enlace, de reflexión y de aproximación entre Europa e Iberoamérica, en el mutuo respeto, la igualdad y la reciprocidad de beneficios.

El fin de la “Guerra Fría” y la auténtica distensión entre el Este y el Oeste que presenciamos, motores de transformaciones radicales en la escena política internacional, han abierto necesariamente nuevas perspectivas para la reanudación del diálogo Norte-Sur. La lucha contra el subdesarrollo económico y cultural cobró así nuevo impulso y tuvo nuevas armas.

Cuestiones como la deuda externa de América Latina y la lucha contra el narcotráfico, que han sido, hasta ahora, factores de atrofia y distorsión del desarrollo normal de algunos países, se han beneficiado ciertamente de este nuevo contexto y han aumentado las posibilidades de solución a corto plazo.

Somos países diferentes, con intereses que quizás no siempre coinciden, que proseguimos caminos diversos. Pero lo que nos une y nos atrae es un legado cultural que ninguna diferencia puede opacar. Es ese legado tan diversificado y rico el que nos permite estar hoy aquí, comunicarnos con una facilidad que otros desconocen y sentir solidariamente nuestros anhelos, aprensiones y esperanzas. Es lo que cimienta el camino futuro de diálogo que ya empezamos a recorrer juntos en el respeto mutuo y, sobre todo, en la libertad.